ARIOVISTO

Blog que aboga por un urgente Regeneracionismo Intelectual

– El hermano no tiene ratita…

“Los cuentos sirven para dormir a los niños
y para despertar a los adultos”

Cuentan que me contaron que te contaré de una preciosa abadía monacal donde convivían veinte alegres frailes sometidos a riguroso amor a Dios, celo al celibato y adheridos a la Cruz por la obediencia, la castidad y la pobreza: tal obediencia que la castidad era la misma pobreza. La armonía espiritual era tal, que muy bien podría decirse que todos eran un mismo cuerpo y todos dormían bajo la misma austera estameña de su santo hábito, ya fuera en los agosteños veranos como en los crudos inviernos. De tal suerte funcionaba aquel divino engranaje que hasta los mismos mirlos que acudían atraídos por el silencio de los chopos del claustro se sorprendían de no escuchar jamás queja alguna, reproche, mala cara, advertencia, sinsabor, desaire. Ni un mal gesto, ni una mala acción, ni una mala palabra. Los novicios noviciaban, los padres compadreaban, y el prior, priorizaba. Aquel latido de corazón divino era ejemplo sin duda de majestuosidad excelsa en su hosanna infinito y en transmisor de rezos y plegarias de una eficacia probada en todo el valle que dominaba desde su punto más alto la pequeña abadía, valle en el que, como no podía ser de otra forma, dominaba la armonía política y la perfecta república.

Sirva de ejemplo que en el refectorio, mientras el hermano locútor paladeaba la régula con una suavidad de néctar y ambrosía que hacía que sus hermanos apenas flotaran sus posaderas sobre sus pobres taburetes, tan pendientes estaban unos hermanos de otros sobre las necesidades, faltas o perentoriedades que nunca a ninguno faltaba de nada. Si algún hermano veía que, por ejemplo, el de enfrente carecía de agua, susurraba señalando su cazillo: “El hermano, no tiene agua”. Raudo como el viento, el que más cerca estaba de la jarra, servía el agua con una infinita sonrisa de bondad en sus labios. “El hermano no tiene pan”, señalando a su compañero despanado y hete aquí que el pan blanco y santo volaba de mano en mano blanca y santa hasta llegar al pronto y feliz empanado hermano. “El hermano no tiene sopa” si lo habían visto relamerse más de una vez en señal de querer repetir el aguarrucho de berzas y raíces de los quebrantos cuaresmales. Tal era la humildad santa y sincera que jamás nadie pedía nada para sí, ni falta que hacía.

Nuestro hermano fraile protagonista – si lo fuere y él me perdona en su modestia – era el que más pendiente estaba de sus hermanos, pues le divertía el amor hacia los demás, y veía en aquella hora de la comida la mejor manera de santificarse y entregarse por sus hermanos. Siempre pendiente “al hermano le falta esto, al hermano le falta lo otro, al hermano…” sus hermanos se lo agradecían en los pasillos del claustro con amplias sonrisas y cien mil laudatus dominus de corazón. Y él se sentía bien orgulloso en su santa humildad.

Pero, no se sabe muy bien, si el demonio hizo que un día, mientras servían la frugal sopa de adviento, nuestro hermano encontrara algo raro en su plato. Un enorme rabo negro asomaba por los bordes de su humilde cuenco y unos ojuelos vivarachos asomaban a ras de superficie mirándolo todo, si estuviera viva, pues la buena cocción del hermano cocinero, no deba opción de vida a aquel ternezuelo imprevisto. Tras golpear al tropezón en varias ocasiones con la cuchara, comprobar su esencia y empezar a notar cosquilleos – non sancti – en el estómago, levantó la vista angustiado en busca de ayuda fraterna. Pero los hermanos andaban en el juego rutinario de pasar el pan blanco con sus blancas manos, en hacer volar la jarra de agua con presteza y solicitud, y en escuchar embelesados al locútor narrar las hazañas santas de su santo fundador. ¡Cómo era posible que nadie se diera cuenta! ¡Cómo nadie iba a caer en la cuenta de aquel hecho! ¡Precisamente a él, que siempre estaba pendiente de todos! Pronto alguien lo notaría. Pero con el paso del tiempo doña Misina seguía nadando entre berzas y acelgas, haciendo eses de silencio con su largo y negro rabo. Angustiado, tal vez un tanto decepcionado, y con el estómago revuelto, levantó las cejas, junto las manos en señal de reverencia y, señalando al plato de su compañero, susurró con la voz más dulce que pudo:

– El hermano no tiene ratita….

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Written by ariovisto

24 septiembre 2009 a 9:36 am

Publicado en 1. Reflexiones

8 comentarios

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  1. El humor negro visto por ario-valga-la-redundancia.
    Seguro que en el barroco contaban así los chistes.

    dicybug

    24 septiembre 2009 at 11:40 am

  2. Hermano es palabra engañosa, querido Ariovisto, por ser ambigua.

    Pero a mí me gusta mucho usarla cuanto puedo, porque creo en la hermandad de los hombres (no en la laica fraternidad de los revolucionarios jacobinos); creo en Dios, que nos hizo hermanos de sí mismo; y creo que hay en las hermandades y cofradías que pueblan España mucho más de justo, santo y verdadero que en algunas familias ‘supuestamenete bien avenidas’ (y bulevares).

    Hermoso relato, amigo, que nos demuestra que hay que saber compartir y qué compartir. Aunque ‘penas con pan, son menos’ y penas compartidas, son menos sentidas, creo que debemos procurar compartir más nuestra alegría. Eso no quiere decir que no compartamos las tristezas propias con ajenas, o las ajenas las comprendamos o tratemos de auxiliarlas, haciéndolas propias. Pero me ha gustado tu cuentecillo y, entre líneas, en interpretación trascendente y analógica, atisbo algunos paralelos inquietantes.

    Cuidado con los rabos y las ratitas, sobre todo si, además, hubiera por ahí alguna rana roja (imagen ancestral del Mal, igual que la Serpiente), u oliera demasiado al azufre de Pedro Botero.

    Ya que de ratitas hablas…

    Abrazos, Fray Místicus Vísticus

    GKCh

    24 septiembre 2009 at 4:43 pm

  3. Ah, como decía, ‘Culombo’, una cosa más…

    Se me ha pasado: el mejor himno de alabanza a Dios, por los hermanos, i fratelli del poverello, di San Francesco di Assisi (Así, sí; Tomás, de Aquí, no)

    Un fuerte abrazo, FRAtello

    GKCh

    24 septiembre 2009 at 4:53 pm

  4. Proooooooooooooooooooofeeeeeeeeeeeeeee, muy tierno el relato, pero a mí me pasa eso y no me cogen ni en Toronto de la carrera que me pego…

    Las ratas y yo como que no…

    Beeeeeeeeeeeeeeeeeeeeesooooooooooooooooooooooos.

    Puri

    24 septiembre 2009 at 9:18 pm

  5. Buenísimo.

    Yo estaba ahora mismo leyendo un artículo en que se menciona un pasaje de Diodoro Sículo que no conocía (Guerras Lusitanas XXXIII,7,5); una fábula en la que se compara a los habitantes de la ciudad de Itucci con un individuo de
    mediana edad que posee dos amantes, una mayor y otra más joven que él.
    Como ambas deseaban tener un partenaire de su misma edad, procedieron
    cada una de ellas a arrancarle aquellos pelos de su cabeza que más lo
    distanciasen de ellas mismas; y así la mayor fue retirándole los pelos negros y
    la menor las canas, con lo cual el protagonista sufrió la desdicha de quedarse calvo.

    Un abrazo.

    No a todo

    24 septiembre 2009 at 9:57 pm

  6. Hola Ariovisto,
    Desde luego que estén pendientes de ti es muy agradable, pero una vez producida esa situación, debería haberse deshecho él solo de su problema en vez de pasárselo a otro… En fin… Nadie es perfecto!
    Dos besos!

    saporima

    24 septiembre 2009 at 10:00 pm

  7. Yo también he pensado en la alianza de civilizaciones al ver la foto. ¿De qué civilización serán?
    Yo no conozco gente con esa pintorra. ¿Cuál es “su rollo”? ¿La muerte? ¿La oscuridad? ¿El culto a …?

    Somos tan guays que las niñas van en viaje oficial vestidas como les sale de la boina. La imagen de España acaba de ser machacada para los próximos lustros. Perfecto. Pero que su padre se avergüence de ellas y quiere censurar la foto… En fin
    Un abrazo

    dicybug

    25 septiembre 2009 at 2:16 pm

  8. Hola Ariovisto,
    Me gusta cómo suena… Tiene mucha fuerza… 🙂
    Dos besos!

    saporima

    25 septiembre 2009 at 11:08 pm


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