ARIOVISTO

Blog que aboga por un urgente Regeneracionismo Intelectual

La blanca doble

Dicen que el primer paso de la madurez se observa cuando uno mira el sobre de la nómina y se limita a comprobar que no ha habido ningún error en el puntito de las unidades de millar; el segundo paso de la madurez es mirar el reloj y hacerlo con indiferencia, recrearse en la esfera y los pensamientos no tiemblan ante el baile del segundero; el tercer paso para certificar esta madurez consiste en mirar con indiferencia a las personas y en tener la solvencia suficiente para estar por encima del otro con la seguridad de hacer las cosas al dictado de su propia conciencia: las reacciones de los demás ante nuestra existencia, decisiones, comentarios e incluso posibles metidas de pata, quedan al albur de los aires de curación de los pata negra de Guijuelo, allí colgaditos de la colaña más alta de la despensa.

Es cierto. Con lo cómodos que son los vaqueros, ninguna persona mayor atiende a su indumentaria –salvo contados casos de nostálgicos – y casi todos ellos andan en tergal antiestético, despreciando el quedirán de un modo casi religioso. A veces, sentirse rechazado, reafirma quién eres.

El cuarto síntoma de madurez es el más jodido. Consiste en sentir indiferencia por ti mismo. A estas alturas sueles estar muerto, o en la antesala, o como que te da lo mismo. Pero mientras eso llega – sentir indiferencia por ti mismo – un síntoma de vida es no hacerlo.

Somos personajes repetitivos y estereotipados. No somos muy originales en cuanto a formas de comportamiento: nos repetimos más que la morcilla de cebolla. Nos pasamos toda nuestra vida en un frenesí mostrativo o deíctico. Necesitamos, desde pequeñitos, carteles que nos señalen, flechas de indicación hacia nuestra personalidad. Lo necesitamos. Uno de los síntomas de ser racional es la perentoria necesidad de que te reconozcan. Necesitamos ser. En ese afán por distinguirnos no nos damos cuenta de que lo único que hacemos es formar un puntito en la masa. Lo hacemos en la guardería con “el cochecito es mío, no te lo dejo”; lo hacemos en la adolescencia, como orangutanes en celo ante la presencia hormonal del otro yo sexual; lo hacemos en el trabajo, intentando demostrar a los demás nuestro perfil de persona coherente, genial y competente. En el declive vital, todo esto nos importa una mierda. Observar a los ancianos es un claro ejemplo de indiferencia.

Pongo un ejemplo escatológico y no sé si divertido. Hace unos días, camino del trabajo, caminaba delante de mí un anciano sexa o hepta “geranio” que diría aquel, y sin venir a cuento, a traición, se soltó un cuesco hermoso y redondo de bien servido y bien comido. Metí la directa y adelanté por la izquierda en buena lid, dejando tras él la estela de la indiferencia, y evité comérmelo enterito. Pensé recriminárselo, pero enseguida, al ver la cara de felicidad del anciano mal educado y bien digerido de soslayo, cuando lo adelantaba, entendí lo inútil que sería mi recriminación. Sonreí y pensé, ¡qué huevos tienes! Conforme dejaba atrás al mercancías pensaba “lo curioso es que a mí, así me estuviera muriendo de retortijones, jamás se me ocurriría hacerlo”, no al menos sin mirar el retrovisor, claro.

Es muy sano empezar a saber no esperar nada de los demás. Señal de madurez o de decrepitud, tal vez, pero sanísimo y deportivo el hecho de estar por encima de esa necesidad de llevar un cartel en la frente de “mírame, por Dios”. La felicidad tiene dos características un tanto paradójicas: es complicado encontrarla y se agota. Es un bien perecedero, y una vez hallada hay que apresurarse a exprimirla. Eso quien tenga la suerte de haberla encontrado.

Concluyo pues con la idea a la que quería llegar. Hay que evitar por todos los medios sentir indiferencia por uno mismo, y uno de los mejores remedios para ello es saber sentir indiferencia por lo ajeno, entendiendo por ajeno todo aquello que está fuera de nuestro corazón. Cuanto más nos resbale nuestro entorno perjudicial, menos indiferencia sentiremos por nosotros mismos. Comprender, aceptar, empatizar, sí… pero con nuestro molde, el nuestro, el que sirve, con el que naciste, y con el que te enterrarán. Puesto que somos únicos e irrepetibles en esta existencia extraña, ejerzamos tal cual.

Siempre hay una silla libre para jugar al dominó en un bar de pueblo, no hay preguntas, no hay presentaciones, hay madurez..: te sientas, juegas tu partida, y pasas un buen rato con la indiferencia del que muerde el palillo, sabiendo que tienes el poder de cerrar si quieres: llevas el último cuatro y la blanca doble.

“Más vale isla fértil, que continente estéril.”

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Written by ariovisto

6 marzo 2010 a 8:39 am

Publicado en 1. Reflexiones

9 comentarios

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  1. ¿Esto qué es, la receta de la “pomada de la indiferencia”? Pues no he visto la posología, ni la lista de efectos secundarios, que debe ser completita.

    Seguramente si de verdad te estuvieras muriendo de retortijones llegaría un momento en que “madurarías” y te importaría bien poco la mirada de desaprobación del vecino del quinto.

    “El infierno son los demás”, que decía Sartre. El infierno es soportar una compañía no deseada. El infierno para ti. El infierno para el otro. El infierno son los demás.

    dicybug

    6 marzo 2010 at 5:09 pm

  2. Prooooooooofeeeeeeeeeeee…

    Es paradójico, pero queremos ser mayores cuando somos críos y anhelamos la adolescencia cuando somos maduros.

    Una cosa que admiro de los ancianos es que pueden decir lo que sea y nadie se lo toma en cuenta.

    MIL KISS, MY DEAR PROFE.

    Puri

    6 marzo 2010 at 9:40 pm

  3. Hola Ariovisto,
    Hacer las cosas a nuestra manera, hacer lo que creamos que hay que hacer sin que nos afecte si eso va a parecer bien o mal a los demás.
    A los demás-lejanos quizá les demos un rato de conversación. ¿Qué más nos da?
    A los demás-cercanos no les sorprenderemos. Nos conocen. Nos quieren. Si no les gusta, lo acaban olvidando.
    A veces no es fácil saber qué crees que hay que hacer. A veces actúas influído por unos y otros, intentando complacer a los que quieres sin tracionarte a ti mismo. En tu mente se combinan de forma ponderada los deseos de todos y acabas tomando una decisión. Tu mejor opción. Si algo es muy importante para alguien que quieres, asignas a su deseo máxima prioridad. Pero cuando eres tú la persona para la que algo es muy importante, no puedes ceder a presiones y deseos ajenos. Debes cuidarte y quererte, protegerte y mimarte. Y tienes suerte si en la mente de los demás a tu deseo se le ha asignado alta prioridad. Si es así, te sentirás arropado y querido. Pero si no es así, por la razón que sea, tienes que ser tú quien te arrope y quiera. Lo contario significaría sentir indiferencia por ti mismo, y como muy bien dices, eso es algo que hay que evitar por todos los medios.
    Dos besos!!!

    saporima

    7 marzo 2010 at 3:43 pm

  4. Pues sí, Ariovisto. En cierta forma, uno de los mayores signos de madurez es la independencia. Independencia bien entendida, claro está, que los separatistas varios que pulan por España no muestran precisamente madurez en muchos casos.
    A mí me pasó algo parecido a lo tuyo con el cuesco, pero en este caso el anciano se tiró un eructo enorme y luego dijo: “Yeeeepa”. Vamos, que se quedó muy a gusto.
    Desgraciadamente la madurez se va alcanzando también con la edad en la mayoría de los casos y uno alcanza la madurez a la par que llega la artrosis y la hiperplasia prostática. Dicen que uno de los signos de que se va haciendo mayor es que cuando se sienta en el autobús o en el Metro hace un gesto de satisfacción y exclama un ¡Ay! de alivio. Yo ya me he descubierto varias ocasiones en esta tesitura. Mal asunto entonces.
    Un abrazo.

    milnaciones

    7 marzo 2010 at 8:59 pm

  5. Hola Ariovisto,

    The Carpenters – “Top of the World”
    ¡¡Qué dulzura de canción!! Me gusta!!

    Pink Floyd – “Learning to fly”
    Una forma de cantar no apasionada que me resulta atractiva.

    Dos besos!!!

    saporima

    7 marzo 2010 at 11:51 pm

  6. Lo había leído, sí… ¡qué pena!

    mi post… mi post… mmm… ¡Un lío de fin de semana! Sorry!! 🙂
    Dos besos!!!

    saporima

    8 marzo 2010 at 12:25 am

  7. Jop, si eso son señales de madurez, a mí me queda muuuuuucho tiempo. Pero claro, también es señal de madurez tener 65 años o más, y para eso todavía me queda más del doble de lo que ya llevo vivido.

    Me ha encantado la entrada entera, y se me ocurren tantas cosas que comentar, que es como si se me agolparan en la cabeza y entonces no pudiera comentar ninguna. Que raro ¿no? Es una sensación agradable, como de tratar de definir cosas que se te escapan de la mente. Como de pensar.

    variablex

    8 marzo 2010 at 9:50 pm

  8. Hola Ariovisto,

    “Blue eyes” – Elton John
    ¡Qué bonita!

    “Blue eyes
    Baby’s got blue eyes
    Like a clear blue sky
    Watching over me
    Blue eyes
    I love blue eyes
    When I’m by her side
    Where I long to be
    I will see
    Blue eyes laughing in the sun
    Laughing in the rain
    Baby’s got blue eyes
    And I am home, and I am home again”

    🙂

    Dos besos!!!

    saporima

    9 marzo 2010 at 11:26 pm

  9. Cuanto más nos resbale nuestro entorno perjudicial, menos indiferencia sentiremos por nosotros mismos

    Me la apunto.

    No a todo

    10 marzo 2010 at 10:03 pm


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