ARIOVISTO

Blog que aboga por un urgente Regeneracionismo Intelectual

Principios sólidos y entorno seguro

Mi infancia es playa. Cogíamos el 3-A en la Avda. de Jijona y nos dejaba en la Albufereta. Cargados de sombrilla, bolsas, nevera y chanclas de plástico, (azul fosforito ellos, rosa barbie ellas) de esas que recuerdan a un esqueleto de un roedor, incombustibles, irrompibles e indiferentes a las carreras de crío, salvo porque el pie acababa patinando en sudor.

Mi infancia es playa. El puesto de los artículos de playa que siempre se visitaba una única vez: el primer día. Rara vez se conservaban en mi casa los cubos, palas y rastrillos de temporadas pasadas. Mi infancia estaba en la frontera del día en que en el puesto empezaron a vender moldes con forma de estrellitas de mar, cangrejitos y cubos con forma de castillo. El progreso no hace sino joder y prostituir sistemáticamente la creatividad, lo cual es más regreso que progreso.

Mi infancia es playa. Al lado del puesto de artículos de playa hacían churros. El aroma de los churros embalsaba la playa. Era complicado abstraerse a tal tentación, pero los churros, me temo que eran para ricos, tanto como lo estaban, y sólo se compraban en ocasiones especiales, que en un verano no hay muchas.

Mi infancia es playa. El chocolate lo hacíamos nosotros. Cerca de la orilla haces un hoyo que enseguida se desmorona dibujando una pequeña alberca o piscina donde te caben los pies. Los mueves como si estuvieras pedaleando en un patín y sale un chocolate riquísimo. El chocolate restante se reserva para dibujar las almenas de las montañas de arena que serán castillo. Coges un puñado de chocolate muy mojado en una mano, juntas los dedos como si estuvieras pellizcando un pezón y lo dejas caer haciendo círculos. El resultado es digno del mismísimo Gaudí. Sólo cuando te empeñas en hacer un túnel que atraviese el castillo, toca de nuevo bañarse. Siempre se hundía.

Mi infancia es playa. Cuando se comía churros, también se alquilaba un patín – habían venido los primos o algún vecino con más money, lo que obligaba a mi padre a sacar barriga – y la tenía… y la tiene –. El patín era una fiesta. No sabría lo que sería navegar de verdad hasta bastantes años después. La sensación de navegar es preciosa. Miedo a lo profundo, pues todos aprendíamos a nadar “de oído” – no con esos ultra-seguros cursillos de natación de ahora en los que se te enseña a nadar, no a flotar, que es lo divertido -, temblor ante el primer chapuzón, indecisión, ¡salto! Notas el agua mucho más fría que en la orilla y tragas más agua que un camello el día después del Ramadán.

Mi infancia es playa. Tulipán y Revilla con estridentes granos de arena, colchonetas que tardaban una eternidad en hincharse, sombrillas con papás cansados. Excursiones a “las rocas”, donde, con unas gafas de bucear ortopédicas que olían a caucho y que siempre se empañaban, veías almejillas, coralitos, algas, cangrejitos, pececillos husmeando y rocas cubiertas de una moqueta extraña, verde y ligeramente gelatinosa. Arrancabas lapas de las rocas con tus uñas y te las comías. Se parece al berberecho, sólo que sin limón… y viva. Daba igual. Gritos desde la orilla de “no tan adentro”, algas que picaban y te hacían bambollas y guerras de arena convertida en pesadas bolas de cañón barroco.

Mi infancia es playa. Se hace un hoyo profundo – hasta el codo más o menos – a la altura a la que la arena adquiere un tono parduzco y hiede a huevo podrido. Ahí paras. El cieno compacta con más violencia. Haces la bola cuidadosamente pasándotela de una mano a la otra y cuando toma la forma esférica, la dejas en el suelo y la cubres con arena fina y seca traída en un cubo desde los cincuenta grados alejados de la orilla. Solidifica. El resultado es una bola que hace el daño justo: ni te ríes, ni lloras: te mosqueas.

Mi infancia es playa. Peleas de boxeo contra las olas, combates en los que acabas exhausto, con los ojos enrojecidos, las manos con más arrugas que el pubis de una momia y los gritos lejanos de tu madre. Sorprendido, observas con qué habilidad la mar te engatusa para alejarte de los tuyos, pues la sombrilla de Fanta aparece a tomar por culo y tu madre corre por la orilla con la mano derecha levantada… No aciertas a saber cómo te has alejado tanto, cómo ya no hay sol, cómo llevas en el agua más de tres horas… cómo toca cambiarse el bañador tras una toalla que siempre se caía, dejando al descubierto tus marinadas y arrugadas vergüenzas.

Soy un bicho acuático.

Mi adolescencia es la montaña… sí, pero ansioso de llegar hasta arriba con una sola obsesión: ver si se ve la playa desde lo más alto.

Mi infancia son principios sólidos y entorno seguro… La infancia de ahora amenaza con criar gente con principios difusos y ajustables en entornos inexistentes o poliédricos.

Los críos no hacen castillos en la orilla de las playas, somos nosotros los que humillados por el peso vacío de los nuevos tiempos, nos agachamos a hacerles los castillos a nuestros hijos, como haremos con nuestros nietos. El progreso no hace sino joder y prostituir sistemáticamente la creatividad, lo cual es más regreso que progreso.

Benditos traumas…

(Termino ya, que la sombrilla de Fanta aparece a tomar por culo… La mar engatusa)


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Written by ariovisto

8 agosto 2010 a 8:55 pm

Publicado en 1. Reflexiones

4 comentarios

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  1. Hola Ariovisto,
    Me ha encantado. 🙂 🙂 🙂
    Dos besazos!!!

    saporima

    9 agosto 2010 at 12:57 am

  2. Hola ariovisto,
    envidio tu memoria, capaz de rescatar todos esos recuerdos de tu niñez.

    dicybug

    9 agosto 2010 at 2:42 am

  3. Qué bonito recuerdo de tu infancia…creo que, en parte, me he visto reflejada…mi infancia también fue playa, aunque a unos cuantos kilómetros de los naranjos en flor de mi ciudad. Y con más churros…o en Andalucía eran más baratos o nuestra diferencia de edad es lo suficientemente grande como para que los churros fueran placer casi que de ricos.

    Un saludo anaranjado aún mezclado con el salitre y el levante gaditano.

    altisidora

    9 agosto 2010 at 1:58 pm

  4. Hola Ariovisto,

    “Must be talking with an angel” – Annie Lennox
    No he reconocido a la cantante cuando la he visto en el vídeo, pero la foto de la biografía sí me ha resultado familiar. ¡Eurythmics! 🙂

    La canción me sonaba mucho y me ha encantado saber al fin qué decía. Es muy agradable escuchar una canción que conocías y que nunca habías entendido pero esta vez hacerlo mientras vas siguiendo la letra. Los sonidos encajan y se convierten en palabras. Es una sensación bonita.

    Buenos días!! 🙂
    Dos besazos!!!

    saporima

    10 agosto 2010 at 11:09 am


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