ARIOVISTO

Blog que aboga por un urgente Regeneracionismo Intelectual

Infirmus amoris (II)

Con la llegada del Realismo en España, el amor se vuelve un poco casposo a la vez que imposible y la mujer adquiere cierta notoriedad y, en su justa medida, es más protagonista en este tema. Juanita la Larga, de Valera, sabe utilizar las armas de mujer para volver loco a don Andrés a costa de don Paco, el cacique del pueblo. No hay más que imaginar los paseos de esta moza garrida – hoy posiblemente llamada “jaca” – con el cántaro apoyado en la cadera, mantón al aire, moño en rebeldía y andares electromagnéticos camino de la fuente, a por agua… pobre viudo y encima septuagenario.

Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos pretexto a la murmuración, se sentía más enamorado que nunca de Juanita. Pensaba en sus dulces desdenes, recapacitaba sobre ellos, hacía doloroso examen de conciencia y miraba y cataba la herida de su corazón, como un enfermo contempla con amargo deleite la llaga o el cáncer que le lastima en el que prevé la causa de su muerte. Toda la vida había sido don Paco el hombre más positivo y menos romántico que pueda imaginarse. Aquel imprevisto sentimentalismo que se le había metido en las entrañas y se las abrasaba, le parecía tan ridículo que, a par que le afectaba dolorosamente, le hacía reír cuando estaba a solas, con risa descompuesta y que solía terminar en algo a modo de ataque de nervios.

Juanita la larga, Juan Valera

Y en Pepita Jiménez, una angelical criatura acabará con la temblorosa carrera sacerdotal del pacato de Luis que acabará por colgar los hábitos, arrobado en virtud y en honestidad, en una de las más ricas aportaciones epistolares de nuestra literatura. Amores que empiezan siendo imposibles, pero como estamos en el Realismo y no hay nada más real que el refrán de las dos carretas, todo acaba por desenlazar en armonía y amorosidad. Y es que, por lo que se ve, a falta de hombres, ocupados en otros menesteres socio-laborales, serán los sacerdotes los que entrarán al trapo, para acabar guardando en un baúl los suyos. De este modo, sencillez, sumisión, recato, discreción, belleza de calle, afabilidad, lagrimillas oportunas, debilidad, necesidad de protección, hacen de la mujer valeriana, valeriana sexual y las convierte en unos panzers quebranta vocaciones. Krausismo más tardo romanticismo, igual Realismo.

“Yo entiendo que el mal debe conocerse para estimar mejor la infinita bondad divina, término ideal e inasequible de todo bien nacido deseo. Yo agradezco a usted que me haya hecho conocer, como dice la Escritura, con la miel y la manteca de su enseñanza, todo lo malo y todo lo bueno, a fin de reprobar lo uno y aspirar a lo otro, con discreto ahínco y con pleno conocimiento de causa. Me alegro de no ser cándido y de ir derecho a la virtud, y en cuanto cabe en lo humano, a la perfección, sabedor de todas las tribulaciones, de todas las asperezas que hay en la peregrinación que debemos hacer por este valle de lágrimas y no ignorando tampoco lo llano, lo fácil, lo dulce, lo sembrado de flores que está, en apariencia, el camino que conduce a la perdición y a la muerte eterna.”

Pepita Jiménez, Juan Valera

Bueno ya, pero Pepita es mucha Pepita.

La mujer también se convierte en Tormento para las complicadas y psicológicas relaciones galdosianas, entre cesantes y fotografías costumbristas de “la” Madrid de finales del XIX. Retorciendo lo retorcido del amor imposible, nos llega una niña con un “secretito” inconfesable- por cierto, con otro cura – para dejar zaheridos y malheridos a una familia apolillada, que ejerce de negreros con ella, a un cura dislocado y a un indiano apetecido por todo el barrio. Y es que las mujeres realistas llegan a unos extremos de inocencia que exasperan al más pintado. ¿No? El cura dislocado le manda unas cartas impresionantes donde la llama ¡Tormento, patíbulo mío… mi Inquisición“.. joder con la Amparito. ¡Vaya piropos! Supongo que a pocas mujeres que conozco les han podido decir “te quiero, patíbulo mío… guillotinita de mi vida, horca de mis entrañas, ¡paredón de mi alma!”. El primastro o padrastro está con ella que no le llega la bragueta al cuello. Y el indiano está empezando a ver qué criado puede comprar veneno para liberar a la “silla eléctrica” de misa diaria, para poder casarse con ella, y sacarla de esa artera familia.

Si seguimos con las mujeres debiluchas, bondadosas y de perfil bajo y de vidas encarceladas en torreones, destaca la pobre Nucha (Marcelinucha) encarcelada en el torreón de los Pazos del marqués de Ulloa. En Los Pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán, la humedad gallega amenaza con convertir en musgo a todo bicho viviente de esa casa. Pero para la suerte de Nucha, aparecerá su alter ego, don Julián un personaje que parece sacado de la costilla de nuestra mujerucha, parecido a ella hasta en las faldas, sólo que las suyas serán faldas negras y llevará alzacuellos.

“Siendo Nucha tan buena para mujer de un hombre, mejor sería para esposa de Cristo; y las castas nupcias dejarían intacta la flor de su inocencia corporal, poniéndola para siempre al abrigo de las tribulaciones y combates que en el mundo nunca faltan.” […]

La veneración que por Nucha sentía y que iba acrecentándose con el trato, cerraba el paso a la idea de que pudiesen ocurrirle los mismos percances fisiológicos que a las demás hembras del mundo. Justificaba esta candorosa niñería el aspecto de Nucha. La total inocencia, que se pintaba en sus ojos vagos y como perdidos en contemplaciones de un mundo interior, no había menguado con el matrimonio; las mejillas, un poco más redondeadas, seguían tiñéndose del carmín de la vergüenza por el menor motivo. Si alguna variación podía observarse, algún signo revelador del tránsito de virgen a esposa, era quizás un aumento de pudor; pudor, por decirlo así, más consciente y seguro de sí mismo; instinto elevado a virtud.”

Los Pazos de Ulloa, Emilia Pardo Bazán

Por la cuenta que le traía al capellán, que anda toda la novela enamoradusco espíritu-físicamente de una mujer realista muy alejada del arquetipo de tiarrona superestar, papel que desempeña en esta novela, la otra, la potente, la poderosa Sabela. Y quien quiera saber más, que se la lea, la recomiendo.

Pero para curas cabezones enfrascados en una particular cruzada contra la lujuria, nos viene al hilo el meticón cura omnisciente creado por Clarín en La regenta: Fermín de Pas, corroído por la lucha feroz entre la carne y el alma. Otro que se enamora…. “espiritualmente” de su dama de confesión. La Regenta es para mí una de las mejores novelas que he leído, tal vez después del bueno de Don Alonso Quijano, sea la que más. Una joven viuda casada por fuerza con Víctor Quintanilla, un cuarentón aburrido y disipado que se contenta con tocarle el culo a su criada, persiguiéndola por el pasillo, es puesta al modo naturalista, como carnaza sexual, en un pueblo de habladurías e hipocresías varias. Poco tardan en hacer apuestas para ver qué tardará en poner en divisa a su permisivo marido. Pero el paladín de la virtud, el Magistral de la Catedral de Vetusta (Oviedo), pondrá su denuedo y esfuerzo en evitar que eso llegue a ocurrir, tanto denuedo que nos quedaremos muchas veces pensando si el cura de marras acaba más por atender a los malos rumores del pueblo que a los buenos rumores de su entrepierna.

“Esta costumbre de acariciar la sábana con la mejilla la había conservado desde la niñez. -Una mujer seca, delgada, fría, ceremoniosa, la obligaba a acostarse todas las noches antes de tener sueño. Apagaba la luz y se iba. Anita lloraba sobre la almohada, después saltaba del lecho; pero no se atrevía a andar en la obscuridad y pegada a la cama seguía llorando, tendida así, de bruces, como ahora, acariciando con el rostro la sábana que mojaba con lágrimas también. Aquella blandura de los colchones era todo lo maternal con que ella podía contar; no había más suavidad para la pobre niña. Entonces debía de tener, según sus vagos recuerdos, cuatro años. Veintitrés habían pasado, y aquel dolor aún la enternecía. Después, casi siempre, había tenido grandes contrariedades en la vida, pero ya despreciaba su memoria; una porción de necios se habían conjurado contra ella; todo aquello le repugnaba recordarlo; pero su pena de niña,la injusticia de acostarla sin sueño, sin cuentos, sin caricias, sin luz, la sublevaba todavía y le inspiraba una dulcísima lástima de sí misma. Como aquel a quien, antes de descansar en su lecho el tiempo que necesita, obligan a levantarse, siente sensación extraña que podría llamarse nostalgia de blandura y del calor de su sueño, así, con parecida sensación, había Ana sentido toda su vida nostalgia del regazo de su madre. Nunca habían oprimido su cabeza de niña contra un seno blando y caliente; y ella, la chiquilla, buscaba algo parecido donde quiera.”

La Regenta, Leopoldo Alas

Y donde quiera… lo buscó. Apenas el catalejo del Magistral oteó la llegada de un barco de las indias trayendo a su imponente rival: el seductor Álvaro Mesía. La lucha entre la virtud y la carne estaba dispuesta. Será una feroz batalla cuyo final vendrá determinado por el fragmento que acabo de seleccionar. Y quien quiera más.. ya sabe, que se lo lea.



Continuará

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Written by ariovisto

28 octubre 2010 a 9:21 am

Publicado en 3. Literaria

3 comentarios

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  1. ¿Qué les pasaba a los curas en esta época?

    Lo digo de verdad…

    Romina

    28 octubre 2010 at 2:28 pm

  2. Hola Ariovisto,

    ¡Qué chulada! Me quedo con ganas de que nos cuentes más detalles de las cinco novelas.
    ¿Sabes? Voy a intentar leerme la Regenta. Por una parte, dices que es una de las mejores novelas que has leído, por otra parte, es una de las novelas que me quedé con ganas de leer cuando estudié Literatura en el colegio, además, el fragmento que describe cuánto necesitaba Ana a su madre cuando era una niña me ha parecido sumamente tierno y triste, y por último, el fragmento de la película me ha dejado intrigada. Imagino que estamos cerca del desenlace, pero… ¿¿cuál será el desenlace??

    He buscado el texto íntegro en internet y he encontrado esta página:

    http://www.hs-augsburg.de/~harsch/hispanica/Cronologia/siglo19/Clarin/cla_re00.html

    Intentaré leerla. Poquito a poquito. Sin prisas. ¡Muchas gracias por la recomendación! 🙂

    Dos besos!!!

    saporima

    28 octubre 2010 at 10:46 pm

  3. Uy, esa catedral se parece un montón a la de Granada… Va a haber que ir a verla.

    Estaba yo pensando el otro día que no es inhabitual que en algún momento alguien hable o escriba sobre como ha ido cambiando la imagen y la concepción de la mujer (desde el punto de vista estético y su papel en las relaciones amorosas heterosexuales) a lo largo de los siglos. Sin embargo, parece que a nadie le interesa hacer lo mismo respecto a la evolución de los hombres en esos mismos aspectos, también a lo largo de la historia.

    ¿Es que no merece la pena? Porque resulta muy curioso observar que el Calixto parece bastante interesado en las cuestiones físicas de Melibea, el Don Juan es un artista de las lances amorosas, Don Paco se deja atormentar y convertirse en un pelele para Juanita, y después todos los que se enamoran perdida y desesperadamente son curas.

    ¿Es que la mujer es la única susceptible de ser vista como objeto de estudio? ¿O es que el estudio de la evolución social del hombre está tan aceptada como el estudio de la evolución social de la humanidad que nadie ha caido en estudiar al hombre como persona de género másculino?

    variablex

    31 octubre 2010 at 2:43 pm


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